El empresario de medios Agustín Raimondo permanece detenido en el marco de una causa por violencia de género contra su expareja, la periodista y locutora Florencia Mascioli. Mientras la Justicia se prepara para el debate oral, testimonios de trabajadoras y ex-trabajadoras de sus medios vuelven a poner el foco sobre las relaciones de poder, el maltrato laboral y la misoginia en los espacios de prensa.Por El Palco Redacción · 23 de agosto de 2026 “Uno empieza a creer que sentir miedo está bien porque estás haciendo las cosas mal”. La frase, contundente y elíptica, pertenece a una trabajadora de prensa que decidió preservar su identidad. La pronunció durante una radio abierta durante una de las tantas manifestaciones convocadas frente a los Tribunales de La Plata por el caso Raimondo y condensa una experiencia que excede los límites de un expediente judicial: qué sucede cuando el miedo se instala dentro del ámbito laboral y comienza a naturalizarse como parte de la rutina. El caso tiene como protagonista a Agustín Raimondo, empresario de medios platense y propietario del Grupo COOL y del portal La Plata 1. Actualmente se encuentra detenido con prisión preventiva en una causa iniciada por su ex-pareja, la periodista y locutora Florencia Mascioli. Raimondo está acusado por el delito de lesiones psicológicas graves agravadas por el vínculo y por mediar un contexto de violencia de género. A esa imputación se suman dos hechos de desobediencia judicial vinculados al incumplimiento de medidas de restricción. El proceso se encuentra a cargo del Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de La Plata. El juicio oral debía comenzar durante agosto y atravesó reprogramaciones y planteos de las partes. En diálogo con El Palco, Mariana Sidoti Gigli, periodista, escritora y secretaria de prensa del Sindicato de Trabajadores de Prensa de la Provincia de Buenos Aires (SiPreBo), explicó que la discusión por los tiempos del proceso adquirió especial relevancia porque las dos desobediencias judiciales podrían prescribir en septiembre de este año. Pero el expediente judicial es apenas una parte de una historia atravesada por relaciones de poder. Cuando el poder también se ejerce en el trabajo: el escalafón de la violencia Fotografía: Instagram de SIPREBO Sidoti Gigli conoce el proceso desde dos lugares. Es periodista acreditada y, al mismo tiempo, integrante de la conducción de SiPreBo. Ella misma consideró importante aclarar esa doble condición para transparentar desde dónde interviene. La periodista ya había investigado el funcionamiento de las empresas vinculadas a Raimondo antes de la actual instancia del juicio (Ver https://perycia.com/2025/11/agustin-raimondo-vivir-a-traves-del-poder/) En aquella oportunidad recopiló testimonios de trabajadores y extrabajadores que describían las condiciones laborales dentro de esos espacios. “Era un espacio muy marcado por el maltrato laboral, por la misoginia proveniente de Agustín”, describe. La precisión importa. Estos testimonios no reemplazan al proceso judicial ni permiten establecer responsabilidades penales. Pero sí permiten observar otra dimensión del caso: qué ocurre cuando las relaciones de poder que aparecen en una denuncia por violencia de género también se desarrollan dentro de un espacio laboral. La trabajadora que habló durante la radio abierta lo cuenta desde su propia experiencia. Cada paso, hablar, abrir un micrófono, recuerda, podía convertirse en motivo de presión. También menciona situaciones vinculadas al dinero y a la valoración diferencial de su trabajo, además de la descalificación permanente de sus experiencias laborales anteriores. “Todo era una mierda (SIC). No te podías equivocar. No podías respirar distinto a lo él que quería que respires porque realmente eso estaba mal”, sentencia. Hay un momento particularmente significativo en el relato de esta trabajadora: aquel en el que explica que el miedo dejó de funcionar como una señal de alarma y comenzó a incorporarse como parte de la vida cotidiana. “Uno empieza a sentir que sentir miedo está bien porque estás haciendo las cosas mal. ¿Cómo no vas a tener miedo si todo el tiempo sos imperfecta?”, cuenta. La violencia dentro de los espacios de trabajo no siempre aparece de manera evidente. Puede expresarse a través de humillaciones, descalificaciones, presiones económicas, control o la instalación de la idea de que el problema está en quien recibe esas conductas. En el testimonio, esa lógica aparece asociada también a la imposibilidad de equivocarse y a la sensación de que cualquier comportamiento podía ser considerado incorrecto. La trabajadora recuerda, además, la distancia entre esa experiencia cotidiana y la imagen pública que el empresario simulaba. “Vos lo veías desde afuera y era la persona más simpática del mundo”, sostiene. La descripción habla de algo más que de un mal clima laboral. Habla de una relación atravesada por el control. Según pudo recavar este medio entre colegas que estuvieron subordinados a Raimondo, el destrato, los insultos y el maltrato formaban parte de la cotidianeidad del ambiente laboral. Algunos de esos improperios, incluso, eran enviados por mensaje mientras los trabajadores se encontraban realizando tareas al aire, lo que generaba una atmósfera psicológicamente avasallante. La experiencia colectiva, pareciera ser, es que quién no vivió algún episodio de los antes mencionados, es testigo o conoce a algún colega que lo haya padecido. Cuando hablar también tiene un costo: la espiral del silencio en el mundo laboral La trabajadora que decidió contar su experiencia habla también de las consecuencias que tuvo atravesar ese período. Relata que durante un tiempo no podía explicar qué le estaba sucediendo y que posteriormente comenzó a sufrir ataques de pánico. “Porque realmente lo tenés que vivir”, dice al intentar explicar aquello que, desde afuera, puede resultar difícil de comprender. Su relato expone además otra dimensión: la de hablar después de haber formado parte de un espacio de trabajo y encontrarse con cuestionamientos de otras compañeras y trabajadores. “Hay compañeras en ese medio que están enojadas conmigo porque yo soy un demonio, porque yo hablé mal”, cuenta. Y enseguida explica por qué decidió hacerlo:“Yo me animé a hablar para que esa persona no esté más, para acompañar a Flor o a quien tenga que acompañar”. En esa decisión aparece una de las claves de esta historia: hablar no es solamente contar lo que pasó. También implica enfrentarse a las relaciones de poder que hicieron posible que durante mucho tiempo aquello permaneciera naturalizado. Persecusiones laborales, dificultad para conseguir un nuevo empleo, la revictimización de quienes denuncian, la “mancha” con la que el silencio y la complicidad patriarcal cubre a quiénes se atreven a alzar la voz frente a los atropellos, son algunos de los castigos que hacen que muchas veces la “opción segura” sea callar y perpetuar la impunidad de los que ocupan un espacio de poder. Una experiencia que no es aislada: los datos de SiPreBo El relato tampoco puede leerse como una experiencia aislada dentro del mundo de la prensa. Un relevamiento realizado por SiPreBo sobre las condiciones laborales del sector en La Plata y la región muestra que el 48,3% de las personas encuestadas identificó algún tipo de violencia de género en su entorno laboral. Entre las situaciones señaladas se destacan la violencia psicológica, con un 31,5%, y la violencia institucional, con un 16,7%. El dato adquiere otra dimensión cuando se observa quiénes aparecen señalados como responsables: en el 59,4% de los casos, son los jefes quienes ejercen esas violencias. Y el principal escenario tampoco es ajeno al trabajo: el 65,6% de las situaciones ocurre en la oficina o redacción. El relevamiento también registró que un 8,2% de las personas encuestadas fue objeto de insinuaciones, tocamientos o agresiones sexuales. Los números permiten poner en contexto aquello que aparece en los testimonios. Cuando la violencia ocurre dentro de la propia estructura laboral y quien la ejerce ocupa una posición de autoridad, el problema deja de ser solamente interpersonal. Hay una relación desigual de poder que puede condicionar la posibilidad de hablar, denunciar o incluso reconocer aquello que está sucediendo. Por eso, el caso Raimondo también abre una pregunta más amplia: ¿qué sucede cuando las relaciones de poder que atraviesan una empresa de medios se encuentran, además, atravesadas por desigualdades de género? La justicia y el tiempo: un proceso dilatado Fotografía: Instagram de SIPREBO Mientras esos testimonios ponen el foco sobre el ámbito laboral, la causa judicial continúa su recorrido. Según relató Sidoti, las audiencias habían sido previstas inicialmente para el 13 y 14 de agosto. En la primera jornada no se presentó el abogado defensor de Raimondo, Marcelo Peña, quien posteriormente presentó un certificado médico. El inicio del debate fue reprogramado. Luego, la defensa presentó documentación vinculada a un viaje que el abogado había adquirido para esa misma semana. Frente a esa situación, la representación de Mascioli, la fiscalía y SiPreBo solicitaron que se mantuviera la fecha prevista. Finalmente, el tribunal resolvió sostener la realización de las audiencias. Al momento del cierre de esta edición, el juicio al empresario volvió a posponerse sin demasiadas certezas de cuándo podrá comenzar. ¿El motivo? Como el defensor del imputado continuaría de viaje, no se pudo diagramar el inicio del proceso oral, ya que eso -en principio- conllevaría una afectación del derecho de defensa de Raimondo. Para Sidoti, el paso del tiempo no es un dato menor. Según explicó, las dos desobediencias judiciales incorporadas a la causa tienen un plazo de prescripción de dos años y, de acuerdo con el planteo de la representación de la denunciante, podían prescribir en septiembre. La Justicia deberá determinar la responsabilidad penal que corresponda. Pero el debate no ocurre en el vacío: llega después de años de denuncias, testimonios y discusiones sobre las condiciones en las que se desarrollaron determinadas relaciones. El poder de contar y el poder de callar El caso Raimondo deberá atravesar el debate judicial y será la Justicia la que determine las responsabilidades penales correspondientes. Pero la discusión que lo rodea excede el resultado de una sentencia. Cuando una denuncia por violencia de género aparece vinculada a un empresario de medios, también obliga a mirar hacia adentro de esos espacios: quién tiene capacidad para decidir, quién puede hablar, quién puede ser escuchado y quién teme perder su trabajo si lo hace. Los testimonios recopilados por Sidoti en su investigación anterior describen un ámbito laboral atravesado, según esas fuentes, por situaciones de maltrato y misoginia. El relevamiento de SiPreBo, por su parte, muestra que casi la mitad de las personas encuestadas identificó situaciones de violencia de género en su entorno laboral y que, en más de la mitad de esos casos, quienes aparecen señalados como responsables son quienes ocupan posiciones de jefatura. La trabajadora que habló en la radio abierta lo expresa desde otro lugar: primero llegó el miedo, después la culpa y finalmente la necesidad de ponerle palabras a aquello que durante mucho tiempo no había podido explicar. En el centro de ambas voces aparece una misma pregunta: qué ocurre cuando el poder logra que el miedo parezca normal. Y quizás allí esté una de las discusiones más profundas que deja este caso para el mundo del trabajo y, particularmente, para los medios de comunicación: no alcanza con preguntar por qué una mujer tardó en hablar. También es necesario preguntarse qué condiciones hicieron que hablar resultara tan difícil.