A dos décadas de la sanción de la Ley de Educación Sexual Integral, una jornada en el Senado bonaerense puso en debate el camino recorrido y los nuevos desafíos que plantean las redes sociales, la inteligencia artificial y las violencias digitales.
Por Baiana Accinelli · 24 de septiembre de 2026

Veinte años después de la sanción de la Ley de Educación Sexual Integral, las preguntas cambiaron. En 2006, cuando se aprobó la Ley 26.150, las redes sociales todavía no ocupaban el lugar que tienen hoy en la vida cotidiana y la inteligencia artificial generativa era parte de una conversación que todavía parecía lejana. Hoy, buena parte de los vínculos, de la información y también de las violencias que atraviesan a niñas, niños y adolescentes suceden en territorios digitales.

¿Qué herramientas tienen las familias, las escuelas y las propias adolescencias para habitar esos espacios? ¿Quiénes deben hacerse responsables de los riesgos que aparecen en ellos? ¿Cómo se construye una educación sexual integral cuando el algoritmo también educa?

Esas fueron algunas de las preguntas que atravesaron la jornada “A 20 años de la Ley de Educación Sexual Integral: desafíos de una época”, realizada en el Salón Nunca Más del edificio anexo de la Cámara de Senadores de la provincia de Buenos Aires.

La actividad estuvo organizada en torno a dos ejes y contó con dos paneles: uno dedicado a los desafíos de la ESI frente a la era digital, las redes sociales y la inteligencia artificial; y otro centrado en la historia de la ley y el rol de las y los educadores y de las instituciones educativas.

También estuvieron presentes las senadoras Mónica Macha, María Rosa Martínez y María Inés Laurini, de Fuerza Patria, y Natalia Quintana, de Hechos.

Educar en tiempos de algoritmo: desafíos de la ESI en la era digital

El primer panel puso el foco sobre una realidad que hace veinte años no formaba parte de la discusión: la vida digital como parte inseparable de la vida cotidiana de las adolescencias.

Participaron María Paula García, coordinadora de Igualdad y Diversidad en Amnistía Internacional; Laura Sánchez, impulsora de la Asociación Civil Mundo Ema; Milagros Schroder, de Educación Faro Digital; y Jesi Farías y Nadia Fink, de Editorial Chirimbote.

Los datos expuestos durante el encuentro permitieron dimensionar parte de ese escenario. “9 de cada 10 deep fakes hechos por IA tienen como protagonistas a mujeres o niñas”, señaló María Paula García.

La representante de Amnistía Internacional también recuperó una investigación realizada por la organización en 2023, en la que se crearon cuentas que simulaban pertenecer a adolescentes de 13 años para analizar qué contenidos aparecían en sus redes. Según explicó, rápidamente esos perfiles comenzaron a ser conducidos, a través del feed personalizado, hacia contenidos vinculados con depresión, autolesiones y suicidio. En algunos países, señaló, al minuto 12 esos contenidos ya representaban el 58% de lo que aparecía en el feed.

Para García, frente a este escenario, la responsabilidad no puede quedar depositada exclusivamente en las adolescencias, sus familias o los equipos escolares.

“Es fundamental exigirles responsabilidad a las empresas de contenidos digitales, para que generen contenidos que desde su diseño sean seguros para niñas, niños y adolescentes, pero también para todas las personas”, sostuvo.

La discusión, entonces, no pasa solamente por cuánto saben las nuevas generaciones sobre tecnología. También por qué saben quienes diseñan las plataformas, qué decisiones toman sus algoritmos y qué responsabilidades asumen las empresas que las administran.

Humanizar la digitalidad

Laura Sánchez llegó al debate desde una experiencia atravesada por una historia concreta: es impulsora de la Asociación Civil Mundo Ema, autora de la Guía Ema, una herramienta para abordar casos de difusión no consentida de imágenes íntimas, e impulsora de un proyecto de ley para la creación de un programa de educación sobre violencias digitales.

Su planteo partió de una premisa: conocer también es una forma de protección.

“Mientras menos conocimiento tengamos, mientras menos sepamos cómo habitar estos territorios, más fácil será manipularnos, oprimirnos, vendernos y seguir usándonos como clientes para estos seis señores dueños de estas plataformas, que se vuelven millonarios a costa del contenido que crean y consumen las adolescencias y que muchas veces es altamente dañino”, expresó.

Sánchez también explicó el origen de la Guía Ema a partir de una experiencia que, justamente, mostró las consecuencias de no contar con herramientas para reconocer y abordar una violencia que todavía no estaba suficientemente nombrada.

“Pensamos la Guía Ema porque justamente si mi hija, si el colegio, si nosotros como familia hubiéramos tenido el conocimiento, las herramientas, si hubiéramos puesto en palabras, si hubiéramos sabido que existía la violencia digital de género, la historia hoy sería otra”, sostuvo.

Nombrar aquello que ocurre en internet aparece así como una de las tareas pendientes: poder reconocer las violencias digitales, saber cómo actuar y, sobre todo, evitar que las víctimas queden solas frente a situaciones para las que muchas veces ni las familias ni las instituciones tienen respuestas inmediatas.

Pero la mirada de Sánchez también se detuvo en quienes producen esas violencias. Al referirse al caso de Ema, sostuvo: “El pibe que difundió el video de Ema también es víctima de un sistema patriarcal, vertical, sexista y capitalista; porque no es informado del daño que iba a causar, de lo que sucedería después”.

Y agregó: “Este es el sesgo que tiene el algoritmo, que tienen todas las plataformas. Entonces hay que pensar estrategias para acompañar a estas pibas que están vivas, y a romper estos algoritmos”.

La discusión vuelve así sobre uno de los principios que atraviesan a la ESI desde sus orígenes: no alcanza con intervenir cuando el daño ya ocurrió. También es necesario generar conocimiento, prevención y herramientas para que las adolescencias puedan reconocer las situaciones de violencia, pedir ayuda y construir vínculos en esos nuevos territorios.

“Yo creo que tenemos que pensar en cómo recuperarnos como humanidad, es urgente poder acompañar a nuestras adolescencias e infancias pensando en cómo humanizar la digitalidad”, planteó Sánchez.

20 años de historia: educación, instituciones y comunidad

El segundo panel propuso mirar hacia atrás para entender ese recorrido. Participaron la senadora provincial por Fuerza Patria, Laura Clark, el sociólogo y ex ministro nacional de Educación, Ciencia y Tecnología Daniel Filmus, la vicedecana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Graciela Morgade, y la directora de ESI de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, Mirta Marina.

Veinte años de ESI también son veinte años de debates, resistencias, aprendizajes y transformaciones dentro y fuera de las escuelas. En ese sentido, Filmus puso el foco sobre aquello que sucede cuando la educación sexual no encuentra lugar en las instituciones.

“Los que no quieren educación sexual integral quieren la educación del ‘eso no se habla’, porque si de eso no se habla no hay mecanismos de defensa del reconocimiento de los derechos de las y los ciudadanos del futuro respecto de este tema en particular”, sostuvo.

La frase recupera uno de los sentidos centrales de la ESI: poner palabras allí donde durante mucho tiempo hubo silencios. Hablar de vínculos, consentimiento, cuidado, diversidad, derechos y violencias no aparece solamente como una transmisión de contenidos, sino también como una herramienta para que niñas, niños y adolescentes puedan reconocer aquello que les sucede y saber que existen adultos e instituciones a quienes recurrir.

Durante la jornada, Laura Clark también puso en perspectiva los veinte años transcurridos desde la sanción de la ley.

“La ESI puede ser negada, desfinanciada y cuestionada pero sirve de base para pensar en cómo seguimos transformando la sociedad con esta Ley de vanguardia”, afirmó.

La senadora también había señalado que la ESI excede las fronteras de las escuelas y forma parte de otros espacios de la vida social .Y ahí aparece otra de las preguntas que deja la jornada: si la ESI se construye también fuera de las aulas, ¿qué responsabilidad tienen esos otros espacios en la educación y el cuidado de las infancias y adolescencias?

“La ESI es patrimonio social, porque no solo está en las escuelas sino que empezó a tomar vida en el deporte, las actividades culturales y en la política”, expresó.

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Como parte de la actividad, también se realizó una muestra de editoriales y materiales de divulgación vinculados a la Educación Sexual Integral, con propuestas destinadas especialmente a infancias y adolescencias.

Entre las editoriales presentes estuvieron Chirimbote y A Sol de Piel, junto con distintos libros y materiales que abordan temáticas relacionadas con la ESI desde recursos destinados a niñas, niños y jóvenes.

De esta manera, la jornada combinó el debate académico, educativo e institucional con la posibilidad de acercar herramientas y producciones editoriales que contribuyen a ampliar el acceso a contenidos vinculados con la Educación Sexual Integral.

Veinte años después: la ESI como revolución

La Ley de Educación Sexual Integral nació hace dos décadas en un mundo que ya no existe. Hoy las infancias y adolescencias habitan simultáneamente espacios físicos y digitales. Aprenden en la escuela, pero también en TikTok, Instagram, YouTube, videojuegos, chats y plataformas cuyos algoritmos seleccionan qué contenidos llegan hasta ellas.

Por eso, a veinte años de aquella ley, la discusión no parece ser solamente qué ESI se necesita, sino también cómo se garantiza una educación capaz de acompañar a quienes crecen en este nuevo escenario.

La jornada en el Senado bonaerense permitió volver sobre la historia de una política pública, recuperar sus conquistas y poner sobre la mesa los desafíos que todavía permanecen. Porque si hace veinte años una de las grandes discusiones era conseguir que determinados temas pudieran ser hablados dentro de las escuelas, hoy el desafío también pasa por qué sucede con todo aquello que se dice y con todo aquello que se consume cuando la pantalla se convierte en otro territorio de aprendizaje.