Lo que una mujer usa, cómo se ve, cuánto muestra, cuánto tapa, cómo se peina y hasta cuánto ocupa su cuerpo parecen seguir formando parte de la evaluación pública de sus capacidades. El episodio que tuvo como protagonista a Mayra Mendoza en la última sesión de Diputados vuelve a poner sobre la mesa un mandato que atraviesa a toda mujer pública: la obligación de ser, además de competente, "estéticamente aceptable".
Por Baiana Accinelli · 8 de octubre de 2026

Hay algo profundamente extraño en la manera en que miramos a las mujeres que ocupan espacios públicos. Podemos estar hablando de una diputada, una cantante, una actriz, una científica o una periodista. Podemos discutir sus decisiones, sus investigaciones, sus canciones, sus actuaciones, sus proyectos o sus ideas. Pero, tarde o temprano, aparece el factor estético.

Qué se puso. Cómo le queda. Si era demasiado informal. Si era demasiado ajustada. Si mostraba mucho.Si mostraba poco.
Si estaba arreglada. Si estaba “a la altura” del lugar que ocupa. Pareciera que cuando una mujer pone un pie en la escena pública, tarde o temprano quienes la observan devienen críticos de alguna revista de moda de alta costura.

La última sesión de la Cámara de Diputados bonaerense volvió a poner esa discusión sobre la mesa a partir de la repercusión que tuvo la vestimenta de la diputada Mayra Mendoza durante la ceremonia de izamiento de la bandera. El episodio llegó a medios nacionales y la propia legisladora respondió públicamente a las críticas.

Pero quizás lo interesante no sea discutir acerca del vestuario de la diputada, de la libre elección que cada ser humano, público o no, tenga de performear con su apariencia cómo le plazca.

Quizás la pregunta sea otra: ¿Por qué seguimos creyendo que una mujer que ocupa un lugar público tiene una deuda estética con quienes la observan?

El cuerpo como parte del currículum

Existe un “deber ser” de la mujer pública que rara vez aparece escrito, pero que se aprende desde temprano. Hay una manera correcta de presentarse. Una manera correcta de vestirse. Una manera correcta de envejecer. Una manera correcta de mostrar el cuerpo. Incluso una manera correcta de ser atractiva.

Y ese examen es permanente. Una mujer puede tener una carrera brillante y, sin embargo, una parte de la conversación pública terminará girando alrededor de su aspecto.

No ocurre exactamente lo mismo con los varones. A un diputado se le puede cuestionar una votación, un proyecto o una declaración. Pero resulta mucho menos habitual que el debate sobre su desempeño quede desplazado porque alguien decidió analizar sus pantalones, su pelo, sus zapatos o si la camisa que llevaba era suficientemente adecuada para el recinto.

La ropa masculina puede transmitir poder, informalidad, elegancia o pertenencia política. Pero rara vez se convierte en la medida de su capacidad profesional. Si un varón utiliza ropa deportiva o una remera de una banda de rock en un acto público, comunica rebeldía y acercamiento a los sectores populares. Si luce camperas de cuero y un cabello desordenado, transmite su imagen de “outsider” y genera una marca personal. Si envejece, es un señor que muestra su experiencia. Si su vestuario es de diseñador, es elegante. Si su vestuario es modesto,su austeridad conmueve y emociona.

Para las mujeres, en cambio, la apariencia parece formar parte del paquete. No alcanza con hacer bien el trabajo. Hay que verse bien mientras se lo hace. Dar explicaciones. Rendir examen completo. Y eso, también, es parte de la óptica patriarcal que reduce a las mujeres y feminidades a la “cosa pública” y no al “actor social”.

El problema de fondo no es la ropa. Es la idea de que el cuerpo femenino es un territorio disponible para la evaluación pública. Una mujer puede elegir vestirse de manera sensual, deportiva, elegante, extravagante, austera o incómoda. Puede maquillarse o no hacerlo. Puede mostrar las piernas o cubrirlas. Puede usar tacos o zapatillas.

Pero, cuando esa mujer ocupa un espacio público, esas elecciones parecen dejar de pertenecerle completamente. Se convierten en material de análisis.

Y ahí aparece una contradicción difícil de ignorar: se les pide autonomía, pero se las juzga cuando ejercen esa autonomía sobre su propio cuerpo.

De la diputada a la artista: el mismo examen con distinto escenario

La cuestión tampoco es exclusiva de la política. La cantante y compositora BB Asul lo expresó con una claridad brutal al hablar de la industria musical y de los estándares que pesan sobre las mujeres.

“Todas tenemos que vernos igual, cantar sobre lo mismo, tener la misma ropa, el mismo cuerpo, el mismo pelo, el mismo todo, no opinar de nada, callarse, hablar bajito y no molestar”, sostuvo recientemente al hablar de su nuevo disco Miss Universo con la revista Rolling Stone.

Esa falta de heterogeneidad en la industria la resalta tanto en sus canciones como en filosas declaraciones a los medios. “Me parece que lo que nos está faltando son mujeres diferentes, mujeres feas, mujeres que hablen de algo. Más allá de que el cupo femenino se cumpla, incluso cuando meten chicas, nunca son feas, nunca tienen mucha ropa”, aseveró hace un tiempo atrás en Página/12.

La frase parece hablar de la música, pero podría trasladarse casi sin modificaciones a cualquier ámbito donde una mujer sea observada públicamente. Porque el problema no es únicamente que se espere que las mujeres sean lindas.

Es que se espera que sean lindas de una determinada manera. Que sean jóvenes, pero no demasiado infantiles. Sensuales, pero no demasiado sexuales. Delgadas, pero no obsesionadas con su cuerpo. Arregladas, pero no artificiales. Seguras, pero no arrogantes. Colaborando entre ellas, pero sin hablar de sororidad. Femeninas, pero que no se note el feminismo jamás.

Y, sobre todo, que no incomoden. BB Asul también ha hablado de la hostilidad que implica exponerse públicamente siendo mujer y de cómo las críticas pueden dirigirse contra aspectos que nada tienen que ver con la música: la estética, el maquillaje o la apariencia. “No voy a jugar a ser idiota para gustarte más”, grita en su disco póstumo, y es una declaración de época.

Es decir: la mujer no solamente tiene que hacer bien su trabajo. También tiene que administrar correctamente la mirada ajena sobre su cuerpo. Y, sobre todo, no molestar mientras lo hace.

El derecho a construir una feminidad propia

Marilina Bertoldi ha transitado esa discusión desde otro lugar. En una entrevista con Rolling Stone, recordó que durante su adolescencia no se sentía cómoda con la ropa de mujer, con su apariencia ni con el rol que sentía que debía cumplir. Contó que eso la llevaba incluso a evitar las fotografías y determinadas situaciones sociales.

Con el tiempo, su recorrido artístico también se convirtió en una forma de discutir esa idea de feminidad predeterminada. No necesariamente para abandonar lo femenino, sino para decidir qué significa lo femenino para una misma.

“No solo pareciera que el escenario es solo propiedad de varones sino que además a las mujeres se nos exige mucho más. Existe un esteteotipo de belleza a seguir que muchas veces termina siendo otro elemento más de violencia hacia nosotras”, expresó en declaraciones a El Canciller. “A medida que yo envejezca, y esto es una promesa, quizás me arrepienta de esto, estaré super canosa, con la cara toda caída, voy a mostrar mucha celulitis, voy a ser una mujer envejeciendo en sus caras, les guste o no”, agregó.

Y ahí aparece una cuestión fundamental: ¿quién determina cómo debe verse una mujer para ser considerada válida? Porque incluso cuando una mujer logra escapar de un mandato, puede encontrarse con otro.

Si es demasiado femenina, la cuestionan. Si no lo es, también. Si se muestra, “busca atención”. Si se tapa, “es mojigata”. Si envejece naturalmente, “está dejada”. Parece no haber una respuesta correcta.

Y quizás porque la pregunta nunca fue realmente cómo debe vestirse una mujer. Quizás la pregunta fue siempre cuánto estamos dispuestos a tolerar que una mujer decida sobre sí misma sin pedir permiso.

La apariencia como distracción: las cosas que pasan mientras jugamos a ser jurado de moda

Hay algo más que merece ser pensado. Cuando el debate público se concentra en la apariencia de una mujer, no solamente se la juzga: también se corre el eje. El episodio de Mendoza es un ejemplo concreto. La discusión sobre su vestimenta terminó ocupando espacio en medios mientras la propia diputada reclamaba que el foco estuviera puesto en otros asuntos de agenda pública.

Esto no significa que una mujer que ocupa un cargo público quede exenta de cualquier crítica. Todo lo contrario. Las mujeres que ejercen funciones públicas deben ser cuestionadas por sus decisiones, sus actos, sus posiciones y su desempeño, exactamente igual que los varones.

Pero una cosa es cuestionar qué hace una mujer dentro de un cargo público y otra muy distinta es convertir en noticia cómo se ve mientras lo hace. La diferencia parece obvia. Pero pareciera que gran parte de la sociedad no puede separar estos puntos.

Incluso algunos medios locales, teniendo a disposición la primicia del tratamiento legislativo de leyes y discusiones importantes para la Provincia, subían a sus redes la imagen de la diputada izando la bandera con comentarios al pie dignos de Miranda Priestly en “El diablo viste a la moda”. Correr el eje habla más de esos medios que del cotilleo de comadrona que nos quieren vender como “noticia de último momento”.

Hay una frase de Mendoza que, más allá de la discusión política que la rodea, sirve para cerrar el círculo: “La ropa se cambia”, sostuvo en su respuesta a las críticas. Y quizás ahí esté el punto.

La moda cambia. La apariencia es performática. Lo que todavía parece cambiar mucho más lentamente es la mirada con la que evaluamos a las feminidades.

Por eso, la discusión no debería ser si Mayra Mendoza tenía derecho a usar un pantalón deportivo con un blazer en la Legislatura. Naturalmente que puede hacerlo. Tampoco debería ser si nos gusta o no cómo estaba vestida.

La pregunta verdaderamente incómoda es por qué sentimos que tenemos algo que decir al respecto antes de preguntarnos qué hizo, qué dijo o qué está haciendo en el lugar que ocupa. Porque quizás la deuda estética no sea de las mujeres con la sociedad. Quizás sea al revés.

Quizás la deuda sea nuestra: dejar de exigirles que, además de demostrar lo que saben hacer, rindan examen frente al espejo cada vez que salen al espacio público.