La senadora del Frente Renovador cuestionó la contradicción entre las respuestas punitivas y las herramientas de prevención frente a la violencia digital. En diálogo con EL PALCO, vinculó el caso de la Escuela Modelo Lomas con la pérdida de las redes comunitarias de cuidado y el papel de las escuelas y los clubes.Por El Palco Redacción · 17 de octubre de 2026 El caso de las imágenes sexuales falsas creadas y difundidas entre estudiantes de la Escuela Modelo Lomas, en Lomas de Zamora, abrió una discusión que excede el uso de la inteligencia artificial: cómo responder ante la violencia digital ejercida por adolescentes. Mientras la Ley Ema busca incorporar herramientas de prevención y acompañamiento en las escuelas bonaerenses, la entrada en vigencia del Régimen Penal Juvenil vuelve a poner en cuestión el lugar de las sanciones y sus límites. En diálogo con EL PALCO, la senadora del Frente Renovador Malena Galmarini cuestionó la contradicción entre ambos enfoques y propuso ampliar la mirada: para ella, lo ocurrido también expone una crisis de la responsabilidad adulta y de las redes comunitarias de cuidado. “Lo que pasó en el Colegio Lomas Modelo no es un problema de la inteligencia artificial. Es el fracaso nuestro de nuestra generación, que no pudimos enseñarle a nuestras hijas y a nuestros hijos a cuidarse y a cuidar al otro”. La contradicción entre prevenir y castigar “Obviamente hay que hacer cosas, sí, por supuesto. Ahora, las cosas que estamos haciendo, a mi humilde manera de ver, son contradictorias, porque nosotros sacamos una ley sobre violencia digital, pero la Nación bajó a 14 la edad de imputabilidad, con lo cual vamos a meter en cana a pibes de 14 años, que para mí siguen siendo adolescentes”, sostiene Galmarini. La senadora pone así en tensión dos respuestas del Estado: por un lado, las herramientas educativas para prevenir y abordar la violencia digital; por otro, el endurecimiento de la respuesta penal frente a las conductas de adolescentes. Su planteo no supone que no deba haber consecuencias cuando se vulneran los derechos de otras personas. La discusión, tal como la presenta, es qué respuesta se construye, qué se busca transformar y qué lugar ocupan la prevención y el acompañamiento frente a una política centrada en el castigo. La reflexión se extiende a la manera en que las instituciones acompañan las distintas etapas de la vida. “Son niños que son adultos porque lo dice la ley”, plantea al comparar a los adolescentes que están terminando la secundaria con quienes ingresan a la universidad. Y agrega: “Obviamente hay un momento donde vos tenés que poner el corte, pero la transición no puede ser abrupta”. “Las leyes no son mágicas” Galmarini también defiende la necesidad de articular las normas y evitar que cada iniciativa quede aislada. La Ley de Educación Emocional, cuya autora es la diputada del Frente Renovador Luciana Padulo, y la Ley Ema, aprobada en el Senado bonaerense y pendiente de tratamiento en Diputados para su sanción definitiva, forman parte, desde su perspectiva, de un mismo horizonte de trabajo. “Las dos leyes por separado podrían ser perfectamente un programa o parte de la currícula impuesta por el Ministerio de Educación, por ejemplo”. “Me parece que acá lo importante es que podamos primero ir integrando todas las leyes, resoluciones, proyectos, protocolos, etcétera”, analiza. Y enmarca esa tarea en la Educación Sexual Integral: “Es fortalecer la ESI poniendo en palabras y en normas cosas que en la ESI pasan como más por arriba, pero que engloban todo esto”. Para la senadora, la aprobación legislativa es apenas una etapa. “O sea, no es que sale una ley y ya está resuelto el problema. Las leyes no son mágicas”. Por eso, advierte sobre la importancia de la implementación: “Hay cosas que vos necesitás que tengan letra, además de la buena voluntad de quienes aplican las leyes”. También señala que es necesario acordar protocolos y criterios de intervención para evitar respuestas dispares cuando las normas llegan a las escuelas. “Después es mucho de militar las leyes. Hay que militarlas”, sostiene. Y explica que eso implica ir a los establecimientos, hablar con directoras, docentes y auxiliares, y trabajar sobre los prejuicios que pueden obstaculizar la intervención. “La crianza sigue siendo entre mujeres” La reflexión de Galmarini va más allá de la tecnología y de las respuestas institucionales. Para explicar lo que considera una crisis del cuidado, compara las formas de crianza de su infancia con las actuales y señala la pérdida de las redes comunitarias que acompañaban a chicos y chicas. “Cuando yo era chica no había internet ni teléfonos móviles. Mi mamá podía estar sin saber de mí un montón de horas”, recuerda. La diferencia, sostiene, no estaba solamente en la ausencia de dispositivos, sino en quiénes se hacían cargo de mirar, escuchar y acompañar a los chicos. “Los pibes éramos los pibes de todos. La vecina me miraba cuando cruzaba. La maestra, si me veía media triste, me preguntaba qué me pasaba. Había una cosa de cuidado comunitario, donde la crianza era colectiva, por supuesto, colectiva entre mujeres”. Para Galmarini, ese entramado se fue debilitando y la responsabilidad quedó cada vez más concentrada en las familias, en particular en las madres. “Ahora, eso hoy no cambió. La crianza sigue siendo entre mujeres. El problema es que nos ganaron hace mucho tiempo la batalla cultural, que no nos la gana Milei, respecto de la individualización de los cuidados”, plantea. En ese proceso, advierte, la responsabilidad por lo que les ocurre a los chicos recae sobre las madres, mientras se diluye la participación de otros adultos. “Entonces, ya ni siquiera es una responsabilidad de las mujeres: eres madre, la responsabilidad es tuya como madre. La mala madre sos vos”, resume. La senadora también vincula esa individualización con una distribución desigual de las tareas de cuidado. “Nos guste o no, las mujeres somos las que tenemos un brazo para los pibes, un brazo para los ancianos, un brazo para las personas con enfermedades crónicas, en las que incluyo las discapacidades, y otro brazo para las personas con enfermedades agudas”, explica. La cultura del “soltá” y la pérdida del cuidado colectivo Galmarini relaciona el debilitamiento de las redes de cuidado con una cultura que pone el foco en la felicidad individual y presenta el esfuerzo por sostener vínculos como algo prescindible. “Al personalizar la crianza en esas mujeres madres, se nos vino encima ese eje cultural donde lo importante es ser feliz. O sea, lo único importante es que seamos felices”, sostiene. En ese marco, cuestiona la idea de que frente a una dificultad siempre hay que soltar, alejarse o empezar de nuevo. “Durante mucho tiempo nos taladraron con ‘lo que sucede conviene’, que es lo mismo que decir ‘algo habrá hecho’, como la otra cara de la misma moneda”. Y sintetiza esa crítica con una frase que resume buena parte de su planteo: “Tanto nos enseñaron a soltar que hoy no sostiene nadie nada”. La idea también aparece cuando describe la relación de los adultos con el mundo digital. Según Galmarini, la tecnología no creó por sí sola todos los riesgos, pero transformó los espacios en los que transcurre la vida de los adolescentes mientras los adultos perdían herramientas para acompañarlos. “Un día los pibes se encontraron en una calle que para nosotros era menos peligrosa porque pasaba por la cocina de casa o por el cuarto de ellos, que es la banda ancha”, explica. Y agrega: “Cuando esa calle o esa avenida dejó de ser territorial y pasó a ser del mundo virtual, nadie miró”. La paradoja, en su lectura, es que los adultos dejaron de mirar a los chicos en los espacios digitales mientras intentaban protegerlos restringiendo su circulación por otros ámbitos. La respuesta no puede reducirse a controlar el teléfono o prohibir el acceso a determinadas plataformas si no existe, al mismo tiempo, una red capaz de acompañar lo que les sucede. Por eso, cuando se habla del sufrimiento adolescente, Galmarini propone mirar también las experiencias previas y las condiciones en las que crecieron. “Cuando hoy me dicen: ‘No, los pibes se suicidan’, yo digo: ‘Pero no es que no tienen futuro. Hablemos del pasado que tuvieron estos chicos’”. La soledad no distingue clases sociales Para Galmarini, la falta de acompañamiento adulto no puede explicarse solamente por la falta de recursos económicos. La senadora cuestiona la idea de que las familias con mayores posibilidades materiales estén necesariamente en mejores condiciones de acompañar a sus hijos. “Yo te digo, en los años que tuve a cargo los pibes en el municipio (Tigre), tenía la misma cantidad de quilombos con los pibes de los barrios pobres que con los nordeltaños”. Su planteo apunta a una dimensión menos visible del cuidado: la presencia de adultos disponibles para escuchar, poner límites y sostener a los adolescentes cuando atraviesan situaciones difíciles. “Entonces, el problema no es si tienen plata o no tienen plata, el problema es que están solos”, sostiene. En algunos casos, agrega, la presión por pertenecer y acceder a determinados consumos convive con la falta de recursos propios y con la ausencia de adultos que acompañen. “Antes no eran los los cryptobro, pero eran los pibes que tenían las mejores zapatillas, los que podían viajar”. La reflexión vuelve así sobre uno de los ejes centrales de su mirada: cuando la crianza queda reducida al ámbito privado y la responsabilidad recae principalmente sobre las madres, los adolescentes pueden quedar sin otros adultos o espacios de referencia a los que recurrir. “Hubo un momento en el que comunitariamente todos dejamos de mirar a los pibes”, sostiene. Y vuelve sobre la responsabilidad adulta: “La culpa la tienen los adultos que se desengancharon de los pendejos. Están en Narnia, literalmente, como dicen los pibes; están en un cumple. Estamos en un cumple los adultos. Hace décadas. Estamos en un cumple, en Narnia. Y ahora con la digitalidad se salió de control”. La escuela y el club como segundo refugio Frente a ese escenario, Galmarini ubica a las escuelas y los clubes como espacios que pueden recuperar parte de la función de cuidado que se fue debilitando en otros ámbitos. “Yo quiero ir en ese sentido: los pibes que están muy solos en sus casas, muy solos de toda soledad, que tengan un segundo refugio, si el primer refugio no funciona”, plantea. Para la senadora, la escuela debería recuperar su lugar como espacio de escucha y acompañamiento, además de su función educativa. “Las escuelas deberían reconvertirse en lo que fueron siempre, que era tu segunda casa. Cuando yo era chica, lo que no podía llorar en mi casa lo lloraba en la escuela, porque la maestra me podía abrazar cuando yo estaba triste”. También propone mirar a los clubes de barrio y los polideportivos como ámbitos de pertenencia. El arte y el deporte, desde su perspectiva, pueden ayudar a construir vínculos, aprender a compartir con otros y desarrollar herramientas para atravesar la frustración. Galmarini lo explica a partir de una experiencia concreta: un taller de cerámica. El trabajo con arcilla, cuenta, obligaba a los chicos a manipular el material, moldearlo, esperar a que secara, pintarlo y volver a esperar antes de llevar la pieza al horno. “Para crear y convertir esa idea en una creación palpable, vos tenés que tener paciencia. Muchas veces volver a empezar”, relata. El proceso llevaba semanas y requería sostener una tarea hasta terminarla. Al final, los chicos podían llevarse a sus casas un objeto hecho por ellos mismos. Para Galmarini, esa experiencia no consistía solamente en aprender una técnica: también permitía trabajar la creatividad, la motricidad, la colaboración y la capacidad de regular la ansiedad. “Es una manera de que puedan colaborar, de nutrirse de lo que está haciendo otro”, explica. La experiencia resume la alternativa que propone frente a una cultura de la inmediatez y el individualismo: recuperar espacios donde los adolescentes puedan construir algo con otros, ser escuchados y encontrar adultos disponibles para acompañarlos. El caso de la Escuela Modelo Lomas vuelve así a la pregunta que atraviesa toda la reflexión de Galmarini. Frente a una violencia que se expresa a través de la tecnología, la respuesta no puede agotarse en discutir qué edad deben tener los adolescentes para ser punibles ni en sumar normas que después no se implementan. También exige revisar qué responsabilidades asumen los adultos y qué redes encuentran los chicos cuando necesitan acompañamiento. Las escuelas, los clubes y los espacios de educación y deporte pueden ser lugares de pertenencia, escucha y cuidado. La pregunta que deja el caso no es solamente cómo sancionar a quienes hicieron daño, sino qué pasó con los adultos y las comunidades antes de que ese daño ocurriera. 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