La Cámara de Diputados bonaerense dio media sanción a la Ley Ema, una iniciativa que busca prevenir y abordar la violencia digital en las escuelas. Desde uno de los palcos, Laura Sánchez siguió la votación y habló sobre su lucha: “Es mi legado y mi sentido de vida”.Por El Palco Redacción · 28 de agosto de 2026 Desde uno de los palcos de la Cámara de Diputados bonaerense, Laura Sánchez siguió este jueves un momento que durante mucho tiempo imaginó pero que, al llegar, la encontró atravesada por una mezcla de emoción, memoria y compromiso. Abajo, los legisladores acababan de darle media sanción a la Ley Ema, el proyecto que busca crear herramientas para prevenir y abordar la violencia digital en las escuelas de la provincia de Buenos Aires. Arriba, estaba ella. La mamá de Ema Bondaruk. La adolescente tenía 15 años cuando, en agosto de 2024, se quitó la vida luego de la difusión no consentida de imágenes íntimas en su ámbito escolar. Desde entonces, Laura convirtió una pérdida imposible de reparar en una lucha para que otras familias y otras comunidades educativas tengan herramientas que permitan intervenir antes. Por eso, cuando habla de la media sanción, no habla solamente de una ley. Habla de su hija. “Que el nombre de Ema sea ley no hace más que ratificar mi compromiso con esta causa y con esta lucha que desde un principio sostuve: que la partida de mi hija no sea en vano”. “Es mi legado y mi sentido de vida” Para Laura, la aprobación del proyecto no significa que el camino haya terminado. Todo lo contrario. Sabe que una ley puede quedar escrita en un papel si no logra convertirse en una herramienta concreta para quienes la necesitan. “Por más que una ley se apruebe o no, por supuesto queremos que sea ley, pero si no la militamos, si no la llevamos al territorio, las leyes no se efectivizan”. Esa idea atraviesa todo lo que hizo desde la pérdida de su hija. Llevar la discusión a las escuelas, hablar con las familias, generar herramientas, capacitar y lograr que quienes atraviesen una situación de violencia digital sepan qué hacer. “Es mi legado y es mi sentido de vida militar esta ley, lo que me quede de este lado del plano hasta reencontrarme con Ema”, sostiene. La frase no aparece como una metáfora aislada. Laura habla desde un lugar que conoce profundamente: el de una madre que tuvo que aprender a vivir con la ausencia de una hija. Y que decidió hacer algo con ese dolor: convertirlo en fuerza de transformación social. Una construcción colectiva Laura insiste en que la Ley Ema no es el resultado de la lucha de una sola persona. Detrás del proyecto hay un trabajo que comenzó mucho antes de que la iniciativa llegara a la Legislatura bonaerense y que involucró a organizaciones de la sociedad civil, familias, especialistas y legisladoras. “Es el resultado de un laburo colectivo”, explica. El recorrido comenzó con la presentación de iniciativas a nivel nacional y continuó con el trabajo para llevar la propuesta a las distintas jurisdicciones. En la provincia de Buenos Aires, ese camino encontró a Mayra Mendoza. Laura, oriunda de Almirante Brown, ya había trabajado el proyecto junto a la entonces diputada nacional Mónica Macha. Hacia fines de 2025, comenzó el vínculo con Mendoza, que por entonces era intendenta de Quilmes. “Ella me convoca, me contacta y tuvimos una reunión hacia fines del año pasado, donde yo le contaba cómo era el proyecto de ley, cómo había surgido, y ahí empezamos a trabajar juntas, pensando en cómo presentar la ley en Provincia”. Luego, Mendoza asumió como diputada bonaerense y el proyecto fue presentado en la Legislatura en junio. Para Laura, fue el resultado de una articulación entre distintos actores que decidieron transformar una problemática que muchas veces queda escondida detrás de las pantallas en una cuestión de política pública. “Necesitamos políticas públicas que nos protejan, que nos cuiden, que nos acompañen”. La escuela y una pregunta que todavía queda abierta Ema había comenzado a estudiar en una nueva escuela. Era marzo de 2024. Su mamá cuenta que, hasta el día de hoy, nunca conoció personalmente al director de esa institución. Y recuerda un episodio que todavía le duele. Hace pocos días, mientras volvía de una actividad junto a su compañero de vida, recibió un correo electrónico de la escuela. No era un mensaje relacionado con Ema ni con lo ocurrido. Era un recordatorio para pagar la cuota. “Nunca me llegó el pésame”, cuenta. Laura aclara que no plantea esto desde el despecho. Tampoco sostiene que la responsabilidad frente a una situación de violencia digital recaiga exclusivamente sobre la escuela. Su mirada, justamente, es otra. “No es la responsabilidad absoluta de la escuela, sino una corresponsabilidad colectiva: familia, escuela, Estado, juntos. No se puede de otra manera”. Pero la pregunta permanece. ¿Qué trabajo se hizo después dentro de esa comunidad educativa? Laura dice que nunca supo qué ocurrió con los compañeros y compañeras de Ema ni qué tipo de acompañamiento recibió esa comunidad después de la muerte de la adolescente. Habla entonces de postvención, del trabajo que debe realizarse después de una muerte traumática para acompañar a quienes quedan. “Perder a una compañera, tener la muerte tan cerca a los 15, 16 años requiere después de un trabajo muy largo de postvención”, plantea. Y esa pregunta también forma parte del espíritu de la Ley Ema: no solamente qué hacer cuando una situación ya ocurrió, sino cómo prevenirla, cómo detectarla y cómo acompañar a una comunidad cuando el daño ya se produjo. La magnitud de la violencia digital en las escuelas Los datos muestran que la violencia digital ya forma parte de la experiencia cotidiana de muchos estudiantes. Según datos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina: 45% de los y las estudiantes afirma haber atravesado al menos una experiencia de agresión en línea. 1% fue víctima directa de deepfakes, mientras que 13% conoce casos de este tipo en su entorno escolar. 43% recibió imágenes o videos manipulados con inteligencia artificial. En cuanto a las consecuencias, 82% reconoce efectos negativos sobre la salud mental y 64% sobre las relaciones sociales. Estos números permiten dimensionar una problemática que ya no queda circunscripta a las pantallas. La violencia digital puede tener consecuencias concretas en la vida cotidiana, en los vínculos y en el bienestar de niños, niñas y adolescentes. Compartir, editar o generar una imagen íntima sin consentimiento no es simplemente “compartir contenido”: implica decidir sobre el cuerpo y la intimidad de otra persona sin su permiso y constituye una forma de violencia sexual. La expansión de las herramientas de inteligencia artificial suma nuevos desafíos, especialmente por la posibilidad de crear o manipular imágenes sin consentimiento. Si sufrís violencia sexual digital en Argentina, podés comunicarte gratuitamente con la Línea 137. “Un hijo no es un dolor para toda la vida” Hacia el final del diálogo, Sánchez plantea una reflexión muy especial tras un interrogante fundamental. ¿Qué decirle a una mamá o a un papá que acaba de perder a un hijo? La respuesta no llega desde una teoría ni desde una frase de ocasión. Llega desde su propia experiencia. Laura participa activamente de Renacer, un grupo de ayuda mutua integrado por madres y padres que atravesaron la muerte de un hijo. Allí encontró un espacio de paridad y horizontalidad, pero sobre todo una forma diferente de mirar el duelo. “Trabajamos desde la transformación del dolor en amor”. Laura cuestiona una idea muy instalada: que después de la muerte de un hijo solamente queda dolor. “Un hijo no es un dolor para toda la vida, sino un amor para toda la vida”, dice. Por eso recomienda a quienes atraviesan una pérdida acercarse a espacios donde puedan encontrarse con otros padres y madres que transitan el mismo dolor. No porque el dolor desaparezca. Sino porque se aprende a vivir de otra manera con él. “Sí se puede volver a vivir con ese hijo en el corazón”, afirma. “Yo hoy tengo la certeza de que Ema me acompaña. La tengo instalada en el corazón”. Laura reconoce que llegar hasta ahí no fue sencillo. Que necesitó tiempo y mucho trabajo para dejar de tener a Ema solamente en la cabeza, asociada al momento de su muerte, y poder llevarla también al lugar donde hoy la siente: el corazón. La Ley Ema todavía debe completar su recorrido legislativo, pero para Laura la lucha ya tiene un sentido que va mucho más allá de una sanción. Porque el objetivo no es solamente que el nombre de Ema quede escrito en una ley. Es que su historia se transforme en una herramienta; que una familia sepa dónde acudir, que una escuela sepa cómo actuar y que ningún adolescente tenga que atravesar en soledad una situación de violencia digital. Laura eligió convertir el dolor en una causa, y el amor por su hija en una manera de cuidar a otros. “El amor que Ema me dejó y el amor que me quedó vacante es lo que me impulsa a seguir adelante”. Quizás por eso, cuando habla de la Ley Ema, Laura no habla solamente de lo que perdió. Habla de todo lo que todavía puede construirse. Para que la historia de Ema no se repita. Navegación de entradas “La vida se va en la espera de un trámite”: madres y prestadores de discapacidad reclaman frente a IOMA Sofía Vannelli: “Hay que generar herramientas para las familias sobreendeudadas”