A cinco décadas de La Noche de los Lápices, estudiantes, organizaciones de derechos humanos y dirigentes volvieron a marchar por las calles de la ciudad. La movilización recorrió el centro platense, donde la memoria, la juventud y el reclamo por Verdad y Justicia volvieron a encontrarse.Por Baiana Accinelli · 17 de septiembre de 2026 La historia es una ciencia viva. Mientras existan corazones que latan sobre la faz de la tierra, continúa la escritura de la misma. Y ayer, en las calles de La Plata, esa historia volvió a escribirse. A 50 años de La Noche de los Lápices, una nueva marcha volvió a recorrer la ciudad para recordar a los estudiantes secundarios secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Pero también para demostrar que la memoria no quedó detenida en septiembre de 1976: camina, se transforma y encuentra nuevas voces en las generaciones que llegaron ayer a las calles. Cobertura de El Palco Memoriosos y valientes: una marcha histórica La convocatoria comenzó en Plaza Olazábal, en 7 y 38. Allí, las organizaciones estudiantiles fueron concentrándose para iniciar el recorrido. Encabezada por la Federación de Estudiantes Secundarios (FES) y seguida por la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la movilización avanzó por avenida 7 hasta llegar al Ministerio de Infraestructura, en la esquina de 7 y 59, donde se montó el escenario. Banderas, carteles, bombos y consignas fueron ocupando la calle. Los guardapolvos de los adolescentes, intervenidos con pintura y parches, repetían consignas de justicia social y memoria colectiva. Los carteles levantados en lo alto, los brazos dibujados con marcadores y delineador hacían lo propio. Las miradas, llenas del fuego propio de quienes no olvidan de dónde vinieron, no hacían distinción de grupo etario. Había estudiantes secundarios. Jóvenes que habían llegado desde distintos puntos de la Provincia. Organizaciones estudiantiles y de Derechos Humanos. Militantes con banderas de todos los colores. Niños que caminaban junto a sus familias y que, quizás sin comprender todavía la dimensión de aquello que se conmemoraba, formaban parte de una escena que algún día también tendrán que contar. La multitud fue creciendo a medida que avanzaba la marcha. Entre quienes acompañaron la movilización estuvieron el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof; la vicegobernadora bonaerense, Verónica Magario; la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Carmen Arias; el intendente de La Plata, Julio Alak; el ministro de Desarrollo de la Comunidad, Andrés Larroque; el senador nacional Eduardo “Wado” de Pedro; el diputado nacional Horacio Pietragalla Corti; la diputada nacional Lucía Cámpora; la senadora provincial Fernanda Raverta y el diputado provincial Ariel Archanco, entre otros dirigentes y referentes. Pero había una presencia que atravesaba toda la jornada y que, por la propia historia que se estaba recordando, adquiría un significado especial: la de los jóvenes. Los estudiantes de hoy, con la edad de aquellos que la oscura noche del terrorismo de Estado nos arrebató Hablar de La Noche de los Lápices es hablar de estudiantes. De jóvenes que tenían la edad de muchos de los que ayer marchaban por las calles de La Plata. De adolescentes que participaban de sus escuelas, se organizaban, discutían y construían espacios colectivos. Cincuenta años después, otros estudiantes volvieron a ocupar las calles. Entre ellos estaba Mateo, estudiante secundario e integrante de la Federación de Estudiantes Secundarios (FES) de Vicente López. Llegó junto a sus compañeros y compañeras después de atravesar las dificultades que implicaba organizar el viaje hasta La Plata. “A 50 años estar acá, en estas calles, representa un montón de cosas”, contó a El Palco. Mateo explicó que desde hace tiempo realizan jornadas y talleres institucionales sobre la memoria, sobre los hechos ocurridos en sus propios colegios y también sobre lo que pasó en las escuelas de La Plata y de distintos puntos del país. “Los pibes querían venir”, explicó. Por eso, pese a las complejidades, decidieron hacer el esfuerzo. La distancia temporal entre 1976 y 2026 parece enorme. Pero cuando un estudiante de hoy cuenta que quienes fueron desaparecidos tenían su misma edad, esos cincuenta años parecen achicarse. “No solo históricamente, sino teniendo en cuenta que los chicos que desaparecieron en la Noche de los Lápices eran de nuestra edad”, señaló Mateo. Y entonces la consigna “Los lápices siguen escribiendo” deja de ser solamente una frase que se repite cada 16 de septiembre. Para Mateo, también habla de lo que hacen los estudiantes en el presente. “Las cosas que los chicos hoy hacen en nuestros centros de estudiantes son las mismas cosas por las que otros dieron la vida”, sostuvo. Las jornadas de pintura, los talleres, las clases de apoyo, la organización dentro de las escuelas. Actividades cotidianas que, vistas desde aquella historia, adquieren otra dimensión. En palabras de un estudiante que lo vive y milita día a día, los lápices siguen escribiendo porque hay una generación que continúa organizándose.Y también porque hay jóvenes que, lejos de ser indiferentes a lo que sucede a su alrededor, quieren discutirlo. Ante la idea de que a los jóvenes “no les importa nada”, Mateo fue contundente: “Es una generalización”. Para el estudiante, existen muchos jóvenes con intención de pensar, desarrollar pensamiento crítico y analizar tanto la historia como la situación actual del país. “Creo que hay una gran masa activa que son la mayoría que sí les interesa lo que va a pasar con el país”, afirmó. La memoria como ADN: la palabra de Matilde Karakachoff Entre las banderas y las voces de los estudiantes, la marcha también llevaba consigo historias familiares. Una de ellas era la de Matilde Karakachoff. Es una de las dos hijas de Sergio “Ruso” Karakachoff, abogado laboralista, defensor de los derechos humanos y dirigente de la Unión Cívica Radical, asesinado por fuerzas represivas en septiembre de 1976. Actualmente es una de las principales impulsoras y receptoras de documentos para el Archivo Digital Sergio Karakachoff. Para Matilde, el 16 de septiembre no es una fecha más. “Vine para la conmemoración de los 50 años del asesinato de Sergio Karakachoff, mi papá”, contó en diálogo con EL PALCO. Incluso cambió sus días de vacaciones para poder estar presente. No había advertido inicialmente que su viaje iba a coincidir con esta fecha. Pero cuando lo supo, la decisión fue clara. “Para mí el 16 de septiembre fue siempre un día muy importante por lo que pasó, por lo que significa”, explicó. La historia de su padre y la de La Noche de los Lápices están atravesadas por una misma ciudad y por apenas unos días de diferencia. Sergio Karakachoff y Domingo Teruggi fueron asesinados cinco días antes de los secuestros de los estudiantes que quedaron en la memoria colectiva como protagonistas de aquella noche. Según cuenta Matilde, ambos hechos forman parte de una misma trama. “Siempre los asocié como ese principio o continuación del crimen y el genocidio organizado que significó esta última dictadura cívico-militar”, señaló. Por eso, estar en La Plata en esta fecha también significaba volver a un lugar atravesado por su propia historia. Y encontrarse, una vez más, con una ciudad que cinco décadas después continúa preguntándose cómo contar lo ocurrido y cómo transmitirlo a quienes nacieron mucho después. “Hay que bajar a la calle” Matilde se detuvo especialmente en la presencia de los jóvenes. Había estudiantes de distintas edades, grupos que llegaban juntos y organizaciones que se habían reunido para incorporarse a la movilización. “Me encanta la participación juvenil estudiantil, me parece fundamental”, expresó. También observó algo que le generaba preocupación: la menor presencia de personas de su propia generación. Porque la memoria, sostuvo, no puede quedar limitada a una edad determinada. “Creo que hay que pedir memoria y obviamente justicia todos, a todas las edades”, señaló. Pero remarcó especialmente la importancia de que sean los jóvenes quienes tomen esa bandera y continúen la discusión. “Es muy importante que estén los jóvenes porque obviamente es una pelea y una batalla que hay que seguir, que hay que continuar en todos los ámbitos”, afirmó. La marcha también abrió una discusión sobre el lugar donde hoy se construyen las conversaciones políticas y sociales. Las redes sociales ocupan buena parte de ese espacio. Pero para Matilde, hay algo que no puede reemplazarse detrás de una pantalla. “Creo que hay que bajar a la calle, creo que hay que hablar con la gente, que el intercambio, el encuentro, la discusión y la conversación son fundamentales”, sostuvo. Al mismo tiempo, reconoció que las redes forman parte de la realidad y que también es necesario aprender a participar de esas discusiones ante el creciente discurso de odio y negacionismo. “Me parece muy importante eso, bajar a la calle, pero también aprender a trabajar en las redes y a contestar y a responder en las redes sociales”, agregó. Los lápices siguen escribiendo: la memoria como bandera La marcha avanzó por 7. Las generaciones se mezclaron en la misma calle. Los que recuerdan porque vivieron esa oscura etapa de la historia argentina. Los que recuerdan porque perdieron a alguien. Los que aprendieron la historia en las aulas. Los que llegaron con una bandera desde muy lejos junto a sus compañeros de militancia. Los autoconvocados que, entre mates y reflexiones, cantaban a viva voz las consignas. Los niños que todavía son demasiado chicos para comprender completamente qué ocurrió, pero caminan junto a sus familias, mirando con ojos esperanzados, siendo un semillero de lucha y memoria. Y quizás allí estuvo una de las imágenes más fuertes de la jornada: la memoria no pertenece solamente al pasado. También se construye en el presente. A cincuenta años, los lápices siguen escribiendo. Escriben en las escuelas y en los centros de estudiantes. En los talleres. En los archivos que recuperan documentos y testimonios. En las familias que todavía cuentan las historias de quienes fueron torturados y asesinados. Y también en las calles, cada vez que una nueva generación decide volver a marchar. Ayer, la memoria volvió a caminar por La Plata. Lo hizo entre banderas, cantos, bombos, carteles, abrazos, consignas y voces de todas las edades. Lo hizo con quienes todavía conservan recuerdos propios y con quienes recibieron esos recuerdos como una herencia que no están dispuestos a dejar caer. Es que mientras exista alguien dispuesto a recordar, preguntar, discutir y contar, la historia seguirá escribiéndose. Y ayer, una vez más, los lápices volvieron a escribir. Navegación de entradas Frente al suicidio, la salida también es colectiva Karakachoff y La Noche de los Lápices, una memoria que sigue en las calles